Y nos levantamos con agujetas por todo el cuerpo (no de la noche pasional, sino del palizón en plan triatlón del día anterior), aunque con ganas de seguir recorriendo Roma... pero antes había que desayunar fuertecito para aguantar... y mi Santo y yo, que íbamos con el ánimo de que no nos timaran más, pensamos: "si hay dos hoteles, uno de tres y otro de cuatro, pues habrá dos bufets, y, aunque nos hayan querido hacer la 4.4.2 alojándonos en el de tres, nos vamos a poner hasta arriba en el bufet del Románico, que es el que hemos pagado..."
Y allí que subimos, dado que el bufet estaba en la azotea, con vistas impresionantes a los tejados de Roma, regodeándonos de nuestra inteligentísima estratagema... Y el bufet de tres no sé cómo sería, pero el de cuatro era escaso escasísimo... y el maitre no nos quitaba el ojo de encima, y para humillarnos nos preguntó: "¿De qué habitación son?", pero por el tono estaba claro que nos quería decir: "¿Se han colado ustedes en el bufet?" y yo, le miré con rabia contenida a los ojos y le dije "326", con toda la mala leche que soy capaz, que es mucha, pero en realidad le quería decir: "te reto a que me digas que me he colado, a ver si tienes huev..., que hoy no es fin de mes pero al final cobras...", pero no dijo nada, eso sí, siguió mirándonos cómo comíamos de todo lo que pillábamos, que ya os digo que era poco, y cuando nos fuimos miró nuestras sobras, y le dijo algo a su ayudante, y nos miraron mal... pero mi Santo, que es Santo pero también tiene carácter latino, le miró peor... y así empezó una guerra fría que duró los tres desayunos que vivimos en Roma... en el bufet de cuatro, con dos coj...
Mi Santo, metódico como es él, tenía los itinerarios diarios muy claritos, y ese día tocaba Coliseo por la mañana. Así que cojimos el metro en Barberini y cuando entramos en el suburbano fue como si entráramos en el tunel del tiempo... y nos viniera a visitar el fantasma de los 70's... Los andenes, estrechos, con las paredes desnudas de yeso gris, sin ningún tipo de iluminación... los trenes, pintarrajeados de graffitis por dentro y por fuera, con los asientos cuadrados... lleno de raterillos que miran tu bolso con deseo...Y ahí, pese a todo, tuve que decir: "viva el metro de España... yo, que tanto me quejo de las averías, la línea 6, los empujones..." (deciros que esta etapa patriótica de exaltación de los transportes madrileños me duró aproximadamente hasta que volví a coger el metro-de-Madrid-vuela...)
Y llegamos al Colosseo... Y alucinamos con su grandeza... Y encima hacía sol (por fin) con lo que pudimos disfrutarlo en todo su esplendor... Y la pregunta que rondaba por nuestras cabezas desde el día anterior ("¿qué hacen los indios de los paraguas cuando no llueve?"), se resolvió: venden rosas... Si es que estos indios aprovechan la mínima oportunidad...
Deciros que llevábamos el Roma Pass, una tarjeta que cuesta 20 euritos, pero que te permite entrar en los museos y en los transportes de Roma durante tres días... Y con esta tarjeta no había que hacer cola, pero menos mal que mi santo es avispao y preguntó, porque si es por mí... aún estamos esperando la cola ("¿como es posible que estés todo el día hablando por teléfono y yendo a reuniones en tu trabajo y no seas capaz de preguntar nada cuando vamos de vacaciones?", me espetó mi Santo; "pues por eso, cariño, por eso")
Y después de recorrernos el Coliseo de arriba a abajo, incluido un Museo que hay dentro lleno de caretas del Teatro Romano que dan mucho miedo, nos fuimos a pasear por los jardines del Palatino, que son increibles, aunque están llenos de cosas rotas... y se nubló... y empezó a caer una chufa que no sabíamos donde meternos (y otra vez los bajos de los vaqueros como un lodazal)... y los indios de nuevo sacaron los umbrellas cual Rihanna.
Y salimos del Palatino, y mi chico quería entrar en el Circo Romano, pero, parafraseando a Chiquito, si quieren circo que vengan a casa, y estaba tan cansada que no tenía ganas de ná... na más que de morirme.
Y comimos (Pizza), y nos fuimos a ver la famosa Iglesia de San Pietro In Vincole, cuyo nombre ya había sido traducido convenientemente por mi Sabia Sister Rose ("tenéis que ir a San Pedro Encadenado, pero fijaros en las cadenas, porque con eso de que está el Moisés de Miguel Ángel, como que las cadenas a la mayoría como que se les pasa verlas..."), y fuimos a dicha Iglesia, y lo primero que buscamos fueron las cadenas del famoso San Pedro, y me encontré reflexionando conmigo misma: "¿Y estas cadenas se las pusieron por traicionar a Cristo o por aceptar sobornos? porque digo yo que si fue por eso, que capuyos los romanos que le hicieron al pobre Pedro la 4.3.7. y le dieron unas moneditas de plata para que vendiera al Maestro, pa luego detenerle igual, y bla bla bla..." y de mi ensoñación me despertaron los flashes que despedían unos cuantos seres humanos haciendo fotos del Moisés y pasando olímpicamente de las cadenas del pobre San Pedro (¡Qué razón tenías, Sister Rose! Como siempre...)
Y de ahí nos fuimos a Il Gesú, la única Iglesia en toda Roma donde se venera la imagen de Jesús (manda narices), y después de ponerle una velita (la única que puse, porque creo que es el único que se lo merece, y donde hay Patrón no manda Marinero), recorrimos la preciosa Iglesia... hasta que vi algo impactante que me hizo detenerme en seco: Una Mano INCORRUPTA!!! y allí que me fui directa para verla de cerca... El problema es que había una balaustrada protectora que me impedía acercar mis ojillos curiosos a la curiosa mano... Hasta que llegó una plaga de seminaristas, y abrieron la balaustrada... y yo me metí detrás haciéndome pasar por uno de ellos, y avancé... y la mano parecía más cerca... y el capellán me miró despectivamente, y me cerró la balaustrada en las narices... y me quedé con las ganas de investigar hasta el último detalle de esa mano incorrupta (morbosa, me llamó mi Santo, no sé por qué...)
Y al salir de Il Gesú me puse en muy brasas porque quería hacerme una foto en plan Audrey en la Boca de la Veritá y venga de andar, y cuando llegamos a la plaza donde se suponía que estaba, no la encontrábamos y, cuando por fin la encontramos, metida en el seudo-porche de una iglesia pequeñísima, nos disponíamos a hacer cola (aquí el Roma Pass na de na), cuando salió otro capellán (igual de borde y de feo que el de Il Gesú), y dijo: "cerrado" (o fermato o yo qué sé), y se me quedó cara de patín. Y vi el cartel en el que ponía claramente que cerraban a las 17:00 y eran las 17 menos cinco. Y le dije a mi Santo... "que sí, que al final me dejarán pasar si hago cola", y él: "que no, cansina, que está cerrado"... y cuando abandoné la cola con cara de pena máxima, veo pasar a dos tías buenas a las que el capellán abrió gustosamente la puerta... arrepintiéndome de las pintas sport-casual-dominguera que gastaba servidora.
Ese día desee ser seminarista, y tía buena, pero la clase media-media cayó sobre mí como una losa de mármol romano...
Así que, sin poder meter mano a esa peazo de boca, cruzamos el río Tiber, y llegamos al Tratevere, el barrio de los artistas, donde pensábamos cenar porque es lo más in de Roma, y empezamos a recorrerlo buscando un sitio cool para cenar... hasta que miramos el reloj, y certificamos de nuevo que el tiempo en Roma no pasa: eran las 18:30, y como ya nos conocíamos de pe a pa el Trastevere (incluidos los "méndigos" -esto va por ti, Marta- y los borrachos que circundan la zona), decidimos cruzar de nuevo el río, esta vez en tranvía, porque nos hacía ilusión montarnos en algo tan retro...
Y al otro lado del río, cogimos el bus (Día Mundial de los Trasportes Interurbanos, debía ser), que nos debía llevar de nuevo cerca del Hotel, a la Piazza Barberini, pero yo me lié con las paradas, y nos bajamos en otra más tarde, y aparecimos en medio de la nada, y andamos, y por fin mi Santo, que es un GPS con gafas, dijo: "eso debe ser el Quirinale", y yo le miré, con admiración mezclada con incertidumbre, "y a mi qué el Quirinale, si sigo sin saber ande está el hotel!", pero seguimos andando, y nos encontramos con cuatro magníficas fuentes ("Las Cuatro Fuentes", qué bien puesto el nombre oye), y por fin... llegamos a nuestro Hotel.
Buscamos en la Guía (patrocinada por Sabia Sister Rose) restaurantes buenos, bonitos y baratos, y encontramos dos que encajaban, uno al ladito del Hotel, y otro al lado de la Fontana de Trevi... evidentemente, y dada la suerte que nos acompaña, el de al lado del Hotel estaba cerrado, y volvimos a coger un bus, esta vez a Tritone.
El Restaurante era pintoresco, y con una gran variedad de... Pasta!! Pedimos un menú degustación de varias Pastas!!, entre ellas una con espinacas, cuyo sabor era francamente sospechoso, y que yo me dejé enterita... sin embargo mi Santo se lo comió todo todo y todo... y se puso malo malo y malo...
Con los retortijones incipientes caminamos al Hotel, y se veía venir que el día siguiente iba a ser el del mal rollo gástrico de mi Santo...
[CONTINUARÁ... Y FINALIZARÁ... LO PROMETO]